Dios me habló en forma de pez: La historia de Eric Metaxas

Si te hablo de una persona a la que Dios le habló en un sueño a través de un pez mientras pescaba sobre el hielo lo más probable es que pienses que esa persona hace tiempo que ha perdido la cabeza. Pero si te digo que se trata de un escritor intelectual, graduado en la universidad de Yale y autor Best seller del New York Times, puede que te haga pensar que el chiflado soy yo y que me lo estoy inventando. Desgraciadamente para tí, esto que te cuento es totalmente cierto y ese sueño del pez fue un momento clave en la vida de dicho autor: Eric Metaxas. Claro está que el sueño, a priori tan extraño y sin razón, se enmarca dentro de un contexto que ofrece mayor sentido para el que lo vivió.

Para empezar, será mejor que leas la versión de Metaxas sobre el sueño: “En el sueño estoy parado sobre el lago Candle Wood, en Danbury, Connecticut. Es invierno, estoy de pie sobre el hielo, pescando con mi amigo John y su padre, y es uno de esos gloriosos días de invierno donde el sol brilla, el cielo está increíblemente azul y hay nieve blanca y hielo. Ahí estamos y miro hacia abajo, al agujero en el que estamos pescando, y hay un pez sacando su boca por el agujero. Ahora bien, si tú pescas en el hielo sabes que eso nunca sucede… Y me agacho, lo recojo y lo levanto. Y en el sueño la luz del sol era tan brillante, y brilló en el costado del pez de manera que lo hizo parecer no de bronce, sino de oro, como si estuviera hecho de oro. Y luego, de repente, en el sueño me doy cuenta de que no parece oro, es realmente oro. Estoy sosteniendo un pez de oro vivo.”

“Dios me estaba hablando en el vocabulario secreto de mi corazón”

Eric Metaxas nació en Nueva York en el seno de una familia de inmigrantes. Su padre era griego y su madre alemana. De pequeño asistía con su familia a una iglesia tradicional griega, parte importante de la cultura griega, pero con poco que ofrecer respecto a la fe. En su entorno nadie hubiese imaginado que Eric acabaría estudiando en la Yale University (Connecticut), universidad privada de mucho prestigio, parte de la Ivy League, donde el ambiente secular que imperaba alrededor le influenció mucho en sus pensamientos sobre la vida. Después de Yale la vida se hizo difícil para Metaxas. Tras haber estudiado en una de las universidades más prestigiosas del mundo, Eric quería convertirse en escritor, poeta y humorista, pero al volver a Nueva York sus padres le presionaron para que encontrase un trabajo de lo que fuera, de manera que acabó aceptando ser corrector tipográfico en una empresa de productos químicos y polímeros. La vida se convirtió en un sinsentido para Metaxas. Ahí en ese trabajo Eric conoció a un compañero de profunda fe cristiana que le animaba constantemente a orar a Dios por su vida, cosa que en un principio le molestó, pero el mismo autor reconoce que en ese momento de decepción y dolor al final se atrevió a orar y rogar a Dios por una señal. Otro momento importante fue cuando este mismo compañero le dijo a Eric que en su iglesia estaban orando por su tío que acababa de sufrir un derrame cerebral, algo que le impresionó por la bondad del acto y por el hecho de que esa gente creyese en un Dios más allá de lo abstracto: “Me conmovió, no estaba convencido de que (Dios) fuera real, pero me conmovió el concepto”, explica Metaxas. Su tío murio, pero la intriga por Dios en Metaxas ya era una realidad de la que se dio cuenta en el mismo funeral, cuando aceptó encantado leer los Salmos durante la ceremonia. Justo en esa época vino el sueño.

Esta es la interpretación del sueño según Metaxas y que no tiene desperdicio: “La manera en que veo el sueño, mirando en retrospectiva, es que Dios me estaba hablando a mí en lo que yo llamo el vocabulario secreto de mi corazón. Este sueño no habría significado nada a ningún otro. Hubiera sido algo muy extraño. Alrededor de los veinte años, después de la universidad, deduje finalmente lo que yo creía que era una respuesta adecuada al significado del universo. Se me ocurrió la idea de que […] hay un lago congelado y el hielo en el lago representa la mente consciente y el agua bajo el hielo representa la mente inconsciente, un inconsciente colectivo, eso es la teoría de Jung de Dios y esa especie de fuerza de Dios del Este. Por lo tanto, el objetivo de la vida y de todas las religiones es básicamente la misma, es taladrar a través del hielo, de la mente consciente, para llegar al inconsciente colectivo. […] Así que cuando tuve el sueño, obviamente, esto tuvo una resonancia increíble. Ahí estoy, sosteniendo el pez, y me doy cuenta de que en el sueño Dios me ha mostrado su superioridad con mi propio y simple sistema. En el sueño soy consciente, mirando al pez de oro como si fuera un cuento de hadas, de que Dios acaba de decirme, sin una sola palabra: ‘Eric, tú querías tocar agua, querías tocar el agua inerte, este incosciente colectivo, esta idea de una fuerza de Dios del Este…, pero tengo otra cosa para tí, tengo a mi hijo Jesucristo, el Hijo de Dios, tu salvador’. Esto era enorme. Recordé específicamente que cuando mirábamos a los peces en la parte posterior de los coches, las calcomanías, cuando comenzaron a aparecer en los años setenta, mi padre se emocionó diciéndome que esto es una palabra griega, que la palabra griega para pez es Ichthys y que eso es un acrónimo de ‘Iesous Christos, Theou Yios, Soter’: Jesucristo, Hijo de Dios, nuestro salvador. De ahí que los cristianos acogieran el símbolo del pez. Así que en el sueño supe instantáneamente que todo eso se unía, y me dejó alucinado. Fue trascendental.”

Al día siguiente, Eric Metaxas fue al trabajo y le explicó el sueño a su compañero de trabajo. Éste le preguntó sobre qué creía que significaba y Metaxas le respondió: “Significa que he aceptado a Jesús”. “Nunca hubiera dicho estas palabras. Me molestaba decir estas palabras. De hecho, me molestaba si alguien más decía estas palabras. Me molestaba cuando la gente decía cosas como esa. Pero, ¿qué puedo decir? Fue absolutamente asombroso”, explica Metaxas.

Los sueños. No es algo muy normal que Dios se te revele en sueños de una forma tan clara, pero hoy en día siguen existiendo casos parecidos al de Metaxas, sobre todo en regiones donde el mensaje de Jesús está más restringido. Al parecer, el mismo Dios que utilizó los sueños en las historias de José y Daniel en la Biblia, entre otros, sigue utilizando la misma táctica de vez en cuando para impactar las vidas no solo de los que tienen dichos sueños, sino también y especialmente de los que escuchan su testimonio, esto es, tú y yo. Eso sí, no esperes que Dios se te muestre a través de ningún sueño, primero porque esto solo es la excepción que confirma la regla, y segundo porque rara vez les ocurre esto a los que lo esperan. Así es Dios.

Fuente: I am Second

¡Tora, Tora, Tora!

Todo empezó en 1944 cuando a Jacob DeShazer le fue entregada una Biblia mientras luchaba por sobrevivir en un campo de prisioneros japonés. DeShazer era miembro del Bomb Group N.17 y fue uno de los ochenta partícipes de la operación Doolittle encargada de la venganza por el ataque japonés a Pearl Harbor donde más de dos mil norteamericanos murieron. Ese mismo día del ataque, dos años y seis meses antes de que DeShazer recibiera la Biblia en el campo de prisioneros, Mitsuo Fuchida, líder de las tropas aéreas del portaviones japonés Akagi, se dirigió desde el aire a los 182 aviones bajo su mando a grito de “¡Tora, tora, tora!”, un mensaje encifrado que significaba el inicio del ataque sorpresa sobre la base estadounidense.

Me acuerdo cuando tenía once años y fui al cine con mi padre para ver Pearl Harbor. Sin duda, ha sido una de las películas que más me han impactado al verla proyectada sobre la gran pantalla. De entre todos los momentos de la película, para mí hay dos partes impresionantes que destacan claramente sobre el resto. La primera de ellas es cuando aparecen las escenas de los aviones militares japoneses sobrevolando los campos de la isla de Oahu (Hawai) mientras unos muchachos inocentes juegan al béisbol y amas de casa tienden la ropa tranquilamente, desconocedores de lo que está apunto de ocurrir; la segunda es la parte en que los aviones norteamericanos de la operación Doolittle, que venían de atacar sin éxito algunos puntos de Japón y sus islas, se quedan sin combustible y tienen que aterrizar de emergencia en las costas chinas ocupadas por Japón. Da la casualidad de que dos de los grandes protagonistas de estas escenas, Mitsuo Fuchida y Jacob DeShazer, son también los protagonistas de una historia de descubrimiento y cambio personal que bien podría llevarse a la gran pantalla y que no lo hará porque, de ser así, la película debería girar en torno a un ser demasiado controvertido para nuestros tiempos: Jesús.

Jacob DeShazer

Después de caer en tierra enemiga, 69 de los soldados de la operación Doolittle se pusieron a salvo en aldeas chinas y escaparon como mejor pudieron (se estima que los japoneses mataron a 250.00 civiles chinos por haber ayudado a escapar a los soldados americanos). Sin embargo, ocho de ellos fueron capturados por las milicias niponas. De estos ocho, tres fueron ejecutados y los otros cinco fueron hechos prisioneros y sometidos a hambre y tortura. Jacob DeShazer era uno de estos últimos. Pasó tres años y medio sobreviviendo en condiciones infrahumanas, pero nunca perdió la esperanza porque, de hecho, esta esperanza había llegado a él en medio de su tormento.

DeShazer pidió repetidas veces a los guardias de la cárcel que le consiguieran una Biblia, deseo que le fue concedido por unas pocas semanas en mayo de 1944. “Empecé impacientemente a leer sus páginas. Descubrí que Dios me había dado nuevos ojos espirituales y que cuando miraba a los oficiales y guardias enemigos que nos habían privado de comida y golpeado tan cruelmente, encontré que mi amargado odio por ellos cambió hacia una compasión amorosa. Me di cuenta de que estas personas no sabían nada acerca de mi Salvador y que si Cristo no está en el corazón, ser cruel es algo natural”. Extraño escuchar estas palabras de alguien que, cuando conoció la noticia del bombardeo de Pearl Harbor, proclamó enfurecido “¡los japoneses van a tener que pagar por esto!”. En agosto de 1945, con el fin de la guerra, DeShazer y sus compañeros fueron puestos finalmente en libertad.

Mitsuo Fuchida

Mitsuo Fuchida había sido uno de los pilotos con mayor destreza de todo Japón. No solo era hábil esquivando los disparos del enemigo, sino especialmente esquivando la muerte, algo que no cambió desde el ataque a Pearl Harbor. “De repente, fue como si una mano gigante se hubiera aplastado contra mi avión. Un enorme agujero apareció en la banda de babor. El mecanismo de dirección se dañó, pero, antes de regresar al portaviones, me las arreglé para dejar caer dos bombas en el USS Maryland”, dijo Fuchida en una entrevista sobre el ataque a la flota americana. “Durante la guerra, me encaré a la muerte en tres ocasiones. En una estaba volando entre Formosa (ahora Taiwán) y China y fui informado de que estábamos perdidos y que solo nos quedaban diez minutos de combustible. Estábamos volando sobre el mar cuando se acabó el combustible y chocamos contra el agua cerca de un junco chino. En otra ocasión hice un aterrizaje de emergencia en la selva. Un tercer encuentro con la muerte fue durante la batalla de Midway. Después de aplicarme cirugía, fui puesto en una hamaca dentro del portaviones Akagi cuando éste fue atacado por aviones americanos. Ese lado del barco en el que estaba recostado fue volado por una bomba. Caí al oceáno y fui recogido por uno de los destructores“. Pero ahí no acaba la cosa. Mitsuo Fuchida estuvo en Hiroshima justo un día antes de que cayese la bomba atómica que mató a cerca de 100.000 personas residentes en la ciudad nipona.

Todos estos eventos quedarían guardados en el corazón de Fuchida. De los setenta oficiales presentes en el ataque a Pearl Harbor, él era el único superviviente. Además, después de la guerra se retiró a una granja en Japón y el contacto con la tierra y la naturaleza le hicieron preguntarse sobre Dios y el sentido de la vida. En octubre de 1948, en la estación de tren de Tokyo, Fuchida recibió un panfleto de parte de un americano que tenía como título “Fui prisionero de Japón”. Era la historia de Jacob DeShazer y cómo su odio por los japoneses se había convertido en amor por medio de su fe en Jesús. Poco después empezó a interesarle lo que pudiese haber en ese libro que llamaban Biblia. Consiguió una y empezó a leer hasta que su corazón se paró en el pasaje de Lucas 23:34 cuando leyó a Jesús decir “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “¡Éstas fueron las palabras de Jesus en la cruz mientras oraba por las personas que le estaban matando!”, dijo Fuchida en la entrevista (enlace disponible abajo). En ese momento empezó a entender reacciones como la de DeShazer y otra historia que le habían contado de una mujer que trataba con amor a los prisioneros japoneses en Estados Unidos. Dice Fuchida que fue ese mismo día, al leer ese pequeño fragmento de la Biblia, que decidió convertirse en “seguidor de Jesús”.

Algo más que un libro

Jacob DeShazer y Mitsuo Fuchida se conocieron personalmente en 1950 y compartieron a lo largo de los siguientes años muchas historias juntos, pues desde que sus vidas cambiaron los dos participaban de un mismo objetivo: dar a conocer el poder de transformación de Jesús. Quién lo hubiese dicho en diciembre de 1941, pero eso que algunos llaman destino y que yo llamo Dios logró transformar y unir al líder aéreo del ataque a Pearl Harbor y a uno de los partícipes en la operación Doolittle. Todo gracias a una simple Biblia que llegó a las manos de DeShazer un día de mayo de 1944. Y es que, como ya dijo el apóstol Pablo, “el evangelio de Cristo es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Pero, para mí, si hay un pasaje de la Biblia en el que mejor se define el poder que parece nunca desaparecer de la Palabra de Dios, éste se encuentra en el libro de Hebreos: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos, y penetra hasta partir el alma y el espíritu, y las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

Si quieres leer la historia de Mitsuo Fuchida contada por él mismo, haz click aquí

Fuentes: Christianity Today, New York Times, Decision Magazine, Jacobdeshazer.com

Hea Woo: Dios existe en Corea del Norte

Todos conocemos, al menos de reoídas, la dictadura hitleriana que están sufriendo los habitantes de Corea del Norte. Para situarnos un poco, a continuación explicaré brevemente la situación de este país.

Corea del Norte tiene una historia convulsa ligada a sus hermanos del sur, separados desde hace más de medio siglo, justo después de la II Guerra Mundial, cuando norteamericanos y soviéticos se repartieron la tierra estableciendo la frontera a lo largo del conocido paralelo 38. Ahora los dos países son como Caín y Abel. Mientras en Corea del Sur, ademán de sus defectos y carencias, se hace evidente una mayor prosperidad y libertad en todos los aspectos, Corea del Norte sigue siendo un régimen militar cerrado liderado por su presidente Kim Jong-un, un dictador totalitario a la usanza de Mao o Hitler, que sigue la estela que dejaron su padre y su abuelo desde 1948. El país tiene una población de casi 25 millones de habitantes que desde la década de los 90 están sufriendo las consecuencias de una crónica depresión económica que en los últimos años ha obligado al gobierno a tomar medidas respecto a la producción de bienes internos y de apertura hacia mercados extranjeros, especialmente con su aliado chino. Su principal industria es la militar (una constante amenaza para sus hermanos del sur, aunque ellos digan que es parte de su cultura) y así será mientras al régimen norcoreano se le siga metiendo entre ceja y ceja su particular cruzada contra la política y la cultura capitalista-occidental, encontrándose ésta solo a un paso desde su frontera meridional (por cierto, esta frontera es una de las más tensas y peligrosas del mundo contemporáneo). ¿Y el pueblo? El pueblo es utilizado por sus líderes como una marioneta para ayudarles a construir su fracasado imperio comunista. En verdad, es muy difícil saber la situación por la que están pasando los norcoreanos, pues son muy precarias las fuentes de información que puedan ofrecer una información fehaciente al respecto. Si queréis formaros aunque sea una idea, pinchad aquí para acceder al último informe de HRW (Human Rights Watch).

La libertad brilla por su ausencia en Corea del Norte. Solo unos pocos privilegiados pueden pisar fuera de sus límites, el resto o se queda dentro, o se arriesga a que le disparen como si el país mismo se tratase de un campo de concentración nazi. Y aquí está lo más irónico de todo. Dentro de Corea del Norte existen verdaderos campos de concentración (los famosos ‘gulags’) donde se calcula que pueden haber cerca de 200.000 personas en condiciones infrahumanas hechas prisioneras por motivos de lo más variopinto. Es como esa película llamada Origen: un sueño dentro de un sueño, pero esta vez se trata de una pesadilla dentro de una pesadilla.

La historia de Hea Woo

Al parecer, uno de los muchos motivos por los que te pueden meter en uno de esos campos es al profesar la fe cristiana. Según Open Doors, Corea del Norte es el país nº1 en su World Watch List, un ranking que elabora esta misma organización para establecer los países que persiguen con mayor crueldad a los creyentes cristianos. En Corea del Norte se estima que hay cerca de 400.000 cristianos. Es más, se pueden ver algunas iglesias en Pionyang, pero tal como afirman muchos cristianos perseguidos, solo están ahí para que los pocos turistas internacionales que se dejen caer por la capital perciban una imagen falsa de apertura y libertad. Sin duda, la mayoría de cristianos forman parte de lo que se denomina la “iglesia subterránea” y, de entre ellos, miles (20.000 según Open Doors) cuentan ya los ‘gulags’ por hogares. Según Open Doors, solo en el campo de prisioneros nº15 (se desconoce el número total de campos) alberga ya unos 6.000 cristianos.

Hea Woo ha sido una de esas personas. Su historia personal antes de acabar dentro de uno de esos campos era drámatica. Su hija, de más de veinte años, murió de hambre en 1997. Más tarde, su marido escapó a China. Allí fue llamado por la policía secreta y llevado de vuelta a un campo de prisioneros norcoreano, donde murió seis meses después. Hea Woo se enteró de su muerte, pero también de que se había hecho cristiano. Tal como le cuenta al representante de Open Doors que aparece en el vídeo, al saber esto último, dentro de sí misma Hea Woo sabía que su marido “había encontrado la verdad”. Poco después, ella misma escapó también a China para sufrir exactamente la misma suerte, pues no solo fue encontrada y deportada por la policía secreta china, sino que también descubrió la fe en Cristo y se convirtió. Al parecer, mientras ella pensaba en la fe y descubría más sobre ésta, se dio cuenta de que su madre, en realidad, también había sido una creyente en secreto. De la noche a la mañana, Cristo pasó de ser alguien desconocido a estar profundamente ligado a su familia.

Hea Woo fue llevada a un campo de prisión en Corea del Norte, al igual que su marido, aunque su condena fue mucho menor. “Fui afortunada ya que solo me sentenciaron unos pocos años a pesar del hecho de ser cristiana”, dijo en su entrevista con el cooperador de Open Doors. Una vez allí, vio con sus propios ojos la pesadilla dentro de la pesadilla. Según ella, los cuerpos muertos de prisioneros permanecían días y días sin que nadie los recogiera. Las historias sobre abusos físicos y mentales, tal como dice el vídeo, “harían enfermar” a cualquiera. Y en medio de todo eso, Hea Woo opta por no quedarse quieta y pone en riesgo su propia vida. Siente que Dios la empuja a hablar de él a otras personas dentro del campo, así que no se le ocurre otra cosa que empezar reuniones secretas en los lavabos, el sitio más horrible y maloliente de todo el campo de prisioneros. “No tenía ninguna Biblia y conocía bastante poco, pero les compartía los pasajes que me sabía… Al reunirnos, orábamos, recitábamos pasajes de la Biblia y cantábamos alabanzas”, dice. Da lástima pensar que por tales cosas se ponga la vida de una persona en peligro.

No existen las fronteras para Dios

Hea Woo es solo una de muchas historias. Podría haber escrito perfectamente sobre cualquier otra persona. Por ejemplo de Yang, otra historia increíble contada por la organización Voice of the Martyrs. Y de éstas hay muchas, sabidas y por saber. Pero lo que pretendía con este artículo es hacer ver que Dios está vivo incluso en los lugares más inhóspitos. Allí donde nadie pensaría encontrar nunca a ningún cristiano siempre existe, por ejemplo, algún pequeño grupo de señoras que se reúne en los lavabos de un campo de prisioneros, seguramente el lugar más apestoso de toda Corea del Norte, para hablar con Dios, leer la Biblia y cantar alabanzas. Ésta, para mí, es una de las demostraciones más evidentes de que Dios sigue vivo y actuando en nuestros tiempos. Incluso en lugares donde nunca pensaríamos encontrarle, allí está Él, levantando corazones dispuestos a seguirle en busca de una nueva vida. Dios no conoce fronteras que le puedan parar a la hora de dar a conocer las buenas noticias de Jesús. En el paralelo 38 de Corea, en la frontera entre los dos hermanos coreanos, miles de soldados montan guardia ahora mismo, armados de pies a cabeza, vigilantes a que nadie entre ni salga sin permiso. Lo que no saben es que hay alguien burlando constantemente su sistema de seguridad: Jesús.

Para terminar, os dejo con la frase que más me ha gustado del vídeo que podéis ver abajo: “En el medio de uno de los sitios más oscuros en la Tierra, Hea Woo escoge hacer algo muy radical, muy peligroso, muy al estilo de Jesús…”.

Fuentes: Human Rights Watch, Open Doors, CIA, Wikipedia.