La misión que empezó en la calle y se consumó en la cárcel

“Deléitate en el Señor, y Él te concederá las peticiones de tu corazón”. Cada vez estoy más convencido de que esto que escribió el rey David y que figura en el libro bíblico de los Salmos se cumple siempre. Muchas personas piden a Dios y no reciben nada porque solo se fijan en la segunda parte del versículo y olvidan que la condición para que sus peticiones sean concedidas es “deleitarse en el Señor”, es decir, amarle, seguirle y permanecer cerca de Él. Y aquí ocurre que si realmente cumples con la primera condición por lógica nunca pedirías cualquier cosa que simplemente te beneficie a ti, porque si de verdad alguien se “deleita” en el Señor lo primero que pedirá SIEMPRE es que sea la voluntad de Dios por delante de la suya, pues nadie mejor que Dios conoce lo que es realmente importante. En resumen, que al fin y al cabo parece ser que este pasaje de la Biblia tiene trampa, ya que las peticiones del corazón en alguien que se “deleita en Dios” no son más que la petición de que se haga la voluntad de Dios por encima de todo. Para tener una idea clara, yo resumiría la frase del salmista así: “Ama, sigue y permanece fiel en tu relación con Dios y así Él cumplirá su voluntad en ti (que, por cierto, es lo mejor que nos puede pasar)”.

Pero vamos a la historia que nos concierne. Y es que estoy convencido de que las iraníes Maryam Rostampour y Marziyeh Amirizadeh ya eran conscientes de esto cuando a pesar de “deleitarse en el Señor” fueron encarceladas en una de las prisiones más brutales del mundo, la prisión de Evin, en Teheran.

Prisioneras de la fe

Maryam Rostampour y Marziyeh Amirizadeh fueron criadas en el Islam hasta que en su juventud decidieron voluntariamente poner en riesgo sus vidas para descubrir y abrazar la fe en Jesús. Pero no les bastó con creer. En 2005 se conocieron por primera vez mientras estudiaban Teología en Turquía. Allí mismo decidieron volver a Irán para juntas intentar transmitir el mensaje de Jesús a sus paisanos, hecho que según la ley islámica vigente en Irán les pudo (y les debió) costar la muerte, tanto por comunicar su fe como por haber renegado del Islam.

Es curioso porque dos meses (y recuerda lo de “dos meses”) antes de ingresar en prisión en 2009 se sintieron incapaces de continuar comunicando el Evangelio como habían hecho durante los últimos años. Así lo explicó Maryam en una entrevista: “No podía dar ni siquiera un Nuevo Testamento a nadie. Sabíamos que algo iba a pasar, que iba a haber un cambio en nuestras vidas. Pensamos que quizá nuestra misión fuese a cambiar. No sabíamos que íbamos a ir a la cárcel. Después de ser liberadas escuchamos de boca de un policía de seguridad que nos habían estado vigilando durante dos meses antes de arrestarnos, pero no pudieron probar que estábamos repartiendo Biblias. Creemos que fue la protección de Dios“. Ésta fue, a mi manera de verlo, la señal o el “susurro” de Dios para, primero, hacerles confiar en que todo era parte de Su voluntad y, segundo, para ver su protección en el sentido de que si hubiesen tenido la misma pasión por repartir Biblias los dos meses anteriores a su arresto las pruebas contra ellas pudieron haberlas llevado a la pena de muerte.

Por si fuera poco, dentro de su deseo por que los suyos conocieran el mensaje que les había cambiado la vida a ellas, Maryam y Marziyeh siempre sintieron una especial compasión por las prostitutas, pero en Irán es muy difícil encontrar prostitutas en las calles, la gran mayoría están en la cárcel. Es triste que ocurriese así, pero el ingreso en prisión de las dos amigas supuso la esperanza para muchas de estas prostitutas. Y no solo para ellas, sino para muchos otros prisioneros y prisioneras que pudieron escuchar a través de ellas como la fe en Jesús les había cambiado la vida para bien. “Algunos dieron su corazón a Jesús y nos prometieron encontrar una Biblia cuando fuesen puestos en libertad, otros nos pedían orar por ellos“, dice Marziyeh. Incluso algunos de los prisioneros que en un principio las maltrataron y consideraron traidoras al final también acabaron acudiendo a ellas para pedirles oración. Y aquí puede que esté la clave: “No intentábamos enseñarles las reglas. Simplemente tratábamos de amarles“.

Para terminar y dar sentido a la reflexión del primer párrafo, me gustaría destacar otra de las frases de la entrevista, con algún inciso propio: “Antes de que nos encerraran pedíamos a Dios que nos mostrase a quien Él quisiera para hablar con esa gente -prueba de que Maryam y Marziyeh se “deleitaban en el Señor”, pues buscaban a quien Él quisiera y no a quien ellas quisieran-. Pero el arresto y la prisión aumentaron esas oportunidades“. Petición concedida.

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Dios me habló en forma de pez: La historia de Eric Metaxas

Si te hablo de una persona a la que Dios le habló en un sueño a través de un pez mientras pescaba sobre el hielo lo más probable es que pienses que esa persona hace tiempo que ha perdido la cabeza. Pero si te digo que se trata de un escritor intelectual, graduado en la universidad de Yale y autor Best seller del New York Times, puede que te haga pensar que el chiflado soy yo y que me lo estoy inventando. Desgraciadamente para tí, esto que te cuento es totalmente cierto y ese sueño del pez fue un momento clave en la vida de dicho autor: Eric Metaxas. Claro está que el sueño, a priori tan extraño y sin razón, se enmarca dentro de un contexto que ofrece mayor sentido para el que lo vivió.

Para empezar, será mejor que leas la versión de Metaxas sobre el sueño: “En el sueño estoy parado sobre el lago Candle Wood, en Danbury, Connecticut. Es invierno, estoy de pie sobre el hielo, pescando con mi amigo John y su padre, y es uno de esos gloriosos días de invierno donde el sol brilla, el cielo está increíblemente azul y hay nieve blanca y hielo. Ahí estamos y miro hacia abajo, al agujero en el que estamos pescando, y hay un pez sacando su boca por el agujero. Ahora bien, si tú pescas en el hielo sabes que eso nunca sucede… Y me agacho, lo recojo y lo levanto. Y en el sueño la luz del sol era tan brillante, y brilló en el costado del pez de manera que lo hizo parecer no de bronce, sino de oro, como si estuviera hecho de oro. Y luego, de repente, en el sueño me doy cuenta de que no parece oro, es realmente oro. Estoy sosteniendo un pez de oro vivo.”

“Dios me estaba hablando en el vocabulario secreto de mi corazón”

Eric Metaxas nació en Nueva York en el seno de una familia de inmigrantes. Su padre era griego y su madre alemana. De pequeño asistía con su familia a una iglesia tradicional griega, parte importante de la cultura griega, pero con poco que ofrecer respecto a la fe. En su entorno nadie hubiese imaginado que Eric acabaría estudiando en la Yale University (Connecticut), universidad privada de mucho prestigio, parte de la Ivy League, donde el ambiente secular que imperaba alrededor le influenció mucho en sus pensamientos sobre la vida. Después de Yale la vida se hizo difícil para Metaxas. Tras haber estudiado en una de las universidades más prestigiosas del mundo, Eric quería convertirse en escritor, poeta y humorista, pero al volver a Nueva York sus padres le presionaron para que encontrase un trabajo de lo que fuera, de manera que acabó aceptando ser corrector tipográfico en una empresa de productos químicos y polímeros. La vida se convirtió en un sinsentido para Metaxas. Ahí en ese trabajo Eric conoció a un compañero de profunda fe cristiana que le animaba constantemente a orar a Dios por su vida, cosa que en un principio le molestó, pero el mismo autor reconoce que en ese momento de decepción y dolor al final se atrevió a orar y rogar a Dios por una señal. Otro momento importante fue cuando este mismo compañero le dijo a Eric que en su iglesia estaban orando por su tío que acababa de sufrir un derrame cerebral, algo que le impresionó por la bondad del acto y por el hecho de que esa gente creyese en un Dios más allá de lo abstracto: “Me conmovió, no estaba convencido de que (Dios) fuera real, pero me conmovió el concepto”, explica Metaxas. Su tío murio, pero la intriga por Dios en Metaxas ya era una realidad de la que se dio cuenta en el mismo funeral, cuando aceptó encantado leer los Salmos durante la ceremonia. Justo en esa época vino el sueño.

Esta es la interpretación del sueño según Metaxas y que no tiene desperdicio: “La manera en que veo el sueño, mirando en retrospectiva, es que Dios me estaba hablando a mí en lo que yo llamo el vocabulario secreto de mi corazón. Este sueño no habría significado nada a ningún otro. Hubiera sido algo muy extraño. Alrededor de los veinte años, después de la universidad, deduje finalmente lo que yo creía que era una respuesta adecuada al significado del universo. Se me ocurrió la idea de que […] hay un lago congelado y el hielo en el lago representa la mente consciente y el agua bajo el hielo representa la mente inconsciente, un inconsciente colectivo, eso es la teoría de Jung de Dios y esa especie de fuerza de Dios del Este. Por lo tanto, el objetivo de la vida y de todas las religiones es básicamente la misma, es taladrar a través del hielo, de la mente consciente, para llegar al inconsciente colectivo. […] Así que cuando tuve el sueño, obviamente, esto tuvo una resonancia increíble. Ahí estoy, sosteniendo el pez, y me doy cuenta de que en el sueño Dios me ha mostrado su superioridad con mi propio y simple sistema. En el sueño soy consciente, mirando al pez de oro como si fuera un cuento de hadas, de que Dios acaba de decirme, sin una sola palabra: ‘Eric, tú querías tocar agua, querías tocar el agua inerte, este incosciente colectivo, esta idea de una fuerza de Dios del Este…, pero tengo otra cosa para tí, tengo a mi hijo Jesucristo, el Hijo de Dios, tu salvador’. Esto era enorme. Recordé específicamente que cuando mirábamos a los peces en la parte posterior de los coches, las calcomanías, cuando comenzaron a aparecer en los años setenta, mi padre se emocionó diciéndome que esto es una palabra griega, que la palabra griega para pez es Ichthys y que eso es un acrónimo de ‘Iesous Christos, Theou Yios, Soter’: Jesucristo, Hijo de Dios, nuestro salvador. De ahí que los cristianos acogieran el símbolo del pez. Así que en el sueño supe instantáneamente que todo eso se unía, y me dejó alucinado. Fue trascendental.”

Al día siguiente, Eric Metaxas fue al trabajo y le explicó el sueño a su compañero de trabajo. Éste le preguntó sobre qué creía que significaba y Metaxas le respondió: “Significa que he aceptado a Jesús”. “Nunca hubiera dicho estas palabras. Me molestaba decir estas palabras. De hecho, me molestaba si alguien más decía estas palabras. Me molestaba cuando la gente decía cosas como esa. Pero, ¿qué puedo decir? Fue absolutamente asombroso”, explica Metaxas.

Los sueños. No es algo muy normal que Dios se te revele en sueños de una forma tan clara, pero hoy en día siguen existiendo casos parecidos al de Metaxas, sobre todo en regiones donde el mensaje de Jesús está más restringido. Al parecer, el mismo Dios que utilizó los sueños en las historias de José y Daniel en la Biblia, entre otros, sigue utilizando la misma táctica de vez en cuando para impactar las vidas no solo de los que tienen dichos sueños, sino también y especialmente de los que escuchan su testimonio, esto es, tú y yo. Eso sí, no esperes que Dios se te muestre a través de ningún sueño, primero porque esto solo es la excepción que confirma la regla, y segundo porque rara vez les ocurre esto a los que lo esperan. Así es Dios.

Fuente: I am Second

¡Tora, Tora, Tora!

Todo empezó en 1944 cuando a Jacob DeShazer le fue entregada una Biblia mientras luchaba por sobrevivir en un campo de prisioneros japonés. DeShazer era miembro del Bomb Group N.17 y fue uno de los ochenta partícipes de la operación Doolittle encargada de la venganza por el ataque japonés a Pearl Harbor donde más de dos mil norteamericanos murieron. Ese mismo día del ataque, dos años y seis meses antes de que DeShazer recibiera la Biblia en el campo de prisioneros, Mitsuo Fuchida, líder de las tropas aéreas del portaviones japonés Akagi, se dirigió desde el aire a los 182 aviones bajo su mando a grito de “¡Tora, tora, tora!”, un mensaje encifrado que significaba el inicio del ataque sorpresa sobre la base estadounidense.

Me acuerdo cuando tenía once años y fui al cine con mi padre para ver Pearl Harbor. Sin duda, ha sido una de las películas que más me han impactado al verla proyectada sobre la gran pantalla. De entre todos los momentos de la película, para mí hay dos partes impresionantes que destacan claramente sobre el resto. La primera de ellas es cuando aparecen las escenas de los aviones militares japoneses sobrevolando los campos de la isla de Oahu (Hawai) mientras unos muchachos inocentes juegan al béisbol y amas de casa tienden la ropa tranquilamente, desconocedores de lo que está apunto de ocurrir; la segunda es la parte en que los aviones norteamericanos de la operación Doolittle, que venían de atacar sin éxito algunos puntos de Japón y sus islas, se quedan sin combustible y tienen que aterrizar de emergencia en las costas chinas ocupadas por Japón. Da la casualidad de que dos de los grandes protagonistas de estas escenas, Mitsuo Fuchida y Jacob DeShazer, son también los protagonistas de una historia de descubrimiento y cambio personal que bien podría llevarse a la gran pantalla y que no lo hará porque, de ser así, la película debería girar en torno a un ser demasiado controvertido para nuestros tiempos: Jesús.

Jacob DeShazer

Después de caer en tierra enemiga, 69 de los soldados de la operación Doolittle se pusieron a salvo en aldeas chinas y escaparon como mejor pudieron (se estima que los japoneses mataron a 250.00 civiles chinos por haber ayudado a escapar a los soldados americanos). Sin embargo, ocho de ellos fueron capturados por las milicias niponas. De estos ocho, tres fueron ejecutados y los otros cinco fueron hechos prisioneros y sometidos a hambre y tortura. Jacob DeShazer era uno de estos últimos. Pasó tres años y medio sobreviviendo en condiciones infrahumanas, pero nunca perdió la esperanza porque, de hecho, esta esperanza había llegado a él en medio de su tormento.

DeShazer pidió repetidas veces a los guardias de la cárcel que le consiguieran una Biblia, deseo que le fue concedido por unas pocas semanas en mayo de 1944. “Empecé impacientemente a leer sus páginas. Descubrí que Dios me había dado nuevos ojos espirituales y que cuando miraba a los oficiales y guardias enemigos que nos habían privado de comida y golpeado tan cruelmente, encontré que mi amargado odio por ellos cambió hacia una compasión amorosa. Me di cuenta de que estas personas no sabían nada acerca de mi Salvador y que si Cristo no está en el corazón, ser cruel es algo natural”. Extraño escuchar estas palabras de alguien que, cuando conoció la noticia del bombardeo de Pearl Harbor, proclamó enfurecido “¡los japoneses van a tener que pagar por esto!”. En agosto de 1945, con el fin de la guerra, DeShazer y sus compañeros fueron puestos finalmente en libertad.

Mitsuo Fuchida

Mitsuo Fuchida había sido uno de los pilotos con mayor destreza de todo Japón. No solo era hábil esquivando los disparos del enemigo, sino especialmente esquivando la muerte, algo que no cambió desde el ataque a Pearl Harbor. “De repente, fue como si una mano gigante se hubiera aplastado contra mi avión. Un enorme agujero apareció en la banda de babor. El mecanismo de dirección se dañó, pero, antes de regresar al portaviones, me las arreglé para dejar caer dos bombas en el USS Maryland”, dijo Fuchida en una entrevista sobre el ataque a la flota americana. “Durante la guerra, me encaré a la muerte en tres ocasiones. En una estaba volando entre Formosa (ahora Taiwán) y China y fui informado de que estábamos perdidos y que solo nos quedaban diez minutos de combustible. Estábamos volando sobre el mar cuando se acabó el combustible y chocamos contra el agua cerca de un junco chino. En otra ocasión hice un aterrizaje de emergencia en la selva. Un tercer encuentro con la muerte fue durante la batalla de Midway. Después de aplicarme cirugía, fui puesto en una hamaca dentro del portaviones Akagi cuando éste fue atacado por aviones americanos. Ese lado del barco en el que estaba recostado fue volado por una bomba. Caí al oceáno y fui recogido por uno de los destructores“. Pero ahí no acaba la cosa. Mitsuo Fuchida estuvo en Hiroshima justo un día antes de que cayese la bomba atómica que mató a cerca de 100.000 personas residentes en la ciudad nipona.

Todos estos eventos quedarían guardados en el corazón de Fuchida. De los setenta oficiales presentes en el ataque a Pearl Harbor, él era el único superviviente. Además, después de la guerra se retiró a una granja en Japón y el contacto con la tierra y la naturaleza le hicieron preguntarse sobre Dios y el sentido de la vida. En octubre de 1948, en la estación de tren de Tokyo, Fuchida recibió un panfleto de parte de un americano que tenía como título “Fui prisionero de Japón”. Era la historia de Jacob DeShazer y cómo su odio por los japoneses se había convertido en amor por medio de su fe en Jesús. Poco después empezó a interesarle lo que pudiese haber en ese libro que llamaban Biblia. Consiguió una y empezó a leer hasta que su corazón se paró en el pasaje de Lucas 23:34 cuando leyó a Jesús decir “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “¡Éstas fueron las palabras de Jesus en la cruz mientras oraba por las personas que le estaban matando!”, dijo Fuchida en la entrevista (enlace disponible abajo). En ese momento empezó a entender reacciones como la de DeShazer y otra historia que le habían contado de una mujer que trataba con amor a los prisioneros japoneses en Estados Unidos. Dice Fuchida que fue ese mismo día, al leer ese pequeño fragmento de la Biblia, que decidió convertirse en “seguidor de Jesús”.

Algo más que un libro

Jacob DeShazer y Mitsuo Fuchida se conocieron personalmente en 1950 y compartieron a lo largo de los siguientes años muchas historias juntos, pues desde que sus vidas cambiaron los dos participaban de un mismo objetivo: dar a conocer el poder de transformación de Jesús. Quién lo hubiese dicho en diciembre de 1941, pero eso que algunos llaman destino y que yo llamo Dios logró transformar y unir al líder aéreo del ataque a Pearl Harbor y a uno de los partícipes en la operación Doolittle. Todo gracias a una simple Biblia que llegó a las manos de DeShazer un día de mayo de 1944. Y es que, como ya dijo el apóstol Pablo, “el evangelio de Cristo es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Pero, para mí, si hay un pasaje de la Biblia en el que mejor se define el poder que parece nunca desaparecer de la Palabra de Dios, éste se encuentra en el libro de Hebreos: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos, y penetra hasta partir el alma y el espíritu, y las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

Si quieres leer la historia de Mitsuo Fuchida contada por él mismo, haz click aquí

Fuentes: Christianity Today, New York Times, Decision Magazine, Jacobdeshazer.com

Hea Woo: Dios existe en Corea del Norte

Todos conocemos, al menos de reoídas, la dictadura hitleriana que están sufriendo los habitantes de Corea del Norte. Para situarnos un poco, a continuación explicaré brevemente la situación de este país.

Corea del Norte tiene una historia convulsa ligada a sus hermanos del sur, separados desde hace más de medio siglo, justo después de la II Guerra Mundial, cuando norteamericanos y soviéticos se repartieron la tierra estableciendo la frontera a lo largo del conocido paralelo 38. Ahora los dos países son como Caín y Abel. Mientras en Corea del Sur, ademán de sus defectos y carencias, se hace evidente una mayor prosperidad y libertad en todos los aspectos, Corea del Norte sigue siendo un régimen militar cerrado liderado por su presidente Kim Jong-un, un dictador totalitario a la usanza de Mao o Hitler, que sigue la estela que dejaron su padre y su abuelo desde 1948. El país tiene una población de casi 25 millones de habitantes que desde la década de los 90 están sufriendo las consecuencias de una crónica depresión económica que en los últimos años ha obligado al gobierno a tomar medidas respecto a la producción de bienes internos y de apertura hacia mercados extranjeros, especialmente con su aliado chino. Su principal industria es la militar (una constante amenaza para sus hermanos del sur, aunque ellos digan que es parte de su cultura) y así será mientras al régimen norcoreano se le siga metiendo entre ceja y ceja su particular cruzada contra la política y la cultura capitalista-occidental, encontrándose ésta solo a un paso desde su frontera meridional (por cierto, esta frontera es una de las más tensas y peligrosas del mundo contemporáneo). ¿Y el pueblo? El pueblo es utilizado por sus líderes como una marioneta para ayudarles a construir su fracasado imperio comunista. En verdad, es muy difícil saber la situación por la que están pasando los norcoreanos, pues son muy precarias las fuentes de información que puedan ofrecer una información fehaciente al respecto. Si queréis formaros aunque sea una idea, pinchad aquí para acceder al último informe de HRW (Human Rights Watch).

La libertad brilla por su ausencia en Corea del Norte. Solo unos pocos privilegiados pueden pisar fuera de sus límites, el resto o se queda dentro, o se arriesga a que le disparen como si el país mismo se tratase de un campo de concentración nazi. Y aquí está lo más irónico de todo. Dentro de Corea del Norte existen verdaderos campos de concentración (los famosos ‘gulags’) donde se calcula que pueden haber cerca de 200.000 personas en condiciones infrahumanas hechas prisioneras por motivos de lo más variopinto. Es como esa película llamada Origen: un sueño dentro de un sueño, pero esta vez se trata de una pesadilla dentro de una pesadilla.

La historia de Hea Woo

Al parecer, uno de los muchos motivos por los que te pueden meter en uno de esos campos es al profesar la fe cristiana. Según Open Doors, Corea del Norte es el país nº1 en su World Watch List, un ranking que elabora esta misma organización para establecer los países que persiguen con mayor crueldad a los creyentes cristianos. En Corea del Norte se estima que hay cerca de 400.000 cristianos. Es más, se pueden ver algunas iglesias en Pionyang, pero tal como afirman muchos cristianos perseguidos, solo están ahí para que los pocos turistas internacionales que se dejen caer por la capital perciban una imagen falsa de apertura y libertad. Sin duda, la mayoría de cristianos forman parte de lo que se denomina la “iglesia subterránea” y, de entre ellos, miles (20.000 según Open Doors) cuentan ya los ‘gulags’ por hogares. Según Open Doors, solo en el campo de prisioneros nº15 (se desconoce el número total de campos) alberga ya unos 6.000 cristianos.

Hea Woo ha sido una de esas personas. Su historia personal antes de acabar dentro de uno de esos campos era drámatica. Su hija, de más de veinte años, murió de hambre en 1997. Más tarde, su marido escapó a China. Allí fue llamado por la policía secreta y llevado de vuelta a un campo de prisioneros norcoreano, donde murió seis meses después. Hea Woo se enteró de su muerte, pero también de que se había hecho cristiano. Tal como le cuenta al representante de Open Doors que aparece en el vídeo, al saber esto último, dentro de sí misma Hea Woo sabía que su marido “había encontrado la verdad”. Poco después, ella misma escapó también a China para sufrir exactamente la misma suerte, pues no solo fue encontrada y deportada por la policía secreta china, sino que también descubrió la fe en Cristo y se convirtió. Al parecer, mientras ella pensaba en la fe y descubría más sobre ésta, se dio cuenta de que su madre, en realidad, también había sido una creyente en secreto. De la noche a la mañana, Cristo pasó de ser alguien desconocido a estar profundamente ligado a su familia.

Hea Woo fue llevada a un campo de prisión en Corea del Norte, al igual que su marido, aunque su condena fue mucho menor. “Fui afortunada ya que solo me sentenciaron unos pocos años a pesar del hecho de ser cristiana”, dijo en su entrevista con el cooperador de Open Doors. Una vez allí, vio con sus propios ojos la pesadilla dentro de la pesadilla. Según ella, los cuerpos muertos de prisioneros permanecían días y días sin que nadie los recogiera. Las historias sobre abusos físicos y mentales, tal como dice el vídeo, “harían enfermar” a cualquiera. Y en medio de todo eso, Hea Woo opta por no quedarse quieta y pone en riesgo su propia vida. Siente que Dios la empuja a hablar de él a otras personas dentro del campo, así que no se le ocurre otra cosa que empezar reuniones secretas en los lavabos, el sitio más horrible y maloliente de todo el campo de prisioneros. “No tenía ninguna Biblia y conocía bastante poco, pero les compartía los pasajes que me sabía… Al reunirnos, orábamos, recitábamos pasajes de la Biblia y cantábamos alabanzas”, dice. Da lástima pensar que por tales cosas se ponga la vida de una persona en peligro.

No existen las fronteras para Dios

Hea Woo es solo una de muchas historias. Podría haber escrito perfectamente sobre cualquier otra persona. Por ejemplo de Yang, otra historia increíble contada por la organización Voice of the Martyrs. Y de éstas hay muchas, sabidas y por saber. Pero lo que pretendía con este artículo es hacer ver que Dios está vivo incluso en los lugares más inhóspitos. Allí donde nadie pensaría encontrar nunca a ningún cristiano siempre existe, por ejemplo, algún pequeño grupo de señoras que se reúne en los lavabos de un campo de prisioneros, seguramente el lugar más apestoso de toda Corea del Norte, para hablar con Dios, leer la Biblia y cantar alabanzas. Ésta, para mí, es una de las demostraciones más evidentes de que Dios sigue vivo y actuando en nuestros tiempos. Incluso en lugares donde nunca pensaríamos encontrarle, allí está Él, levantando corazones dispuestos a seguirle en busca de una nueva vida. Dios no conoce fronteras que le puedan parar a la hora de dar a conocer las buenas noticias de Jesús. En el paralelo 38 de Corea, en la frontera entre los dos hermanos coreanos, miles de soldados montan guardia ahora mismo, armados de pies a cabeza, vigilantes a que nadie entre ni salga sin permiso. Lo que no saben es que hay alguien burlando constantemente su sistema de seguridad: Jesús.

Para terminar, os dejo con la frase que más me ha gustado del vídeo que podéis ver abajo: “En el medio de uno de los sitios más oscuros en la Tierra, Hea Woo escoge hacer algo muy radical, muy peligroso, muy al estilo de Jesús…”.

Fuentes: Human Rights Watch, Open Doors, CIA, Wikipedia.

Ama a tu enemigo (Parte 2)

(continúa a la anterior entrada)

“Muchísima gente le debe la vida y ni siquiera lo saben”, confesó el capitán del Shin Bet al Daily Telegraph en 2010. El Príncipe Verde, como llamaban en Hamás a Mosab Hassan Yousef, espía de Israel, cuando nadie sospechaba de él. Salvó incluso al ex presidente israelí Shimon Peres de un complot para asesinarle, aunque para él su misión más importante fue en 2004 cuando lograron desarticular a la dirección secreta de Hamás en Cisjordania. Gracias a sus acciones, Mosab evitó innumerables atentados y asesinatos al pueblo israelí, aunque como hemos visto, también hizo todo lo que pudo por salvar a los suyos. En 2007 Mosab se trasladó a EEUU donde pidió el asilo político, y tres años más tarde se publicó su autobiografía Hijo de Hamás, best-seller del New York Times, el cual, dice, pensó en escribir para poder subsistir, ya que llegó a dormir en la calle en sus primeros meses.

Sin duda, un personaje singular del cual se podrían hacer buenas películas. Pero ninguna de estas experiencias le hubieran ocurrido si no se hubiese tomado en serio ese “amad a vuestros enemigos” que leyó y de lo que hizo su ley de vida hasta que el mismo Cristo pasó a ser el centro de su vida. En ésta se puede ver la voluntad de Dios para las personas. Ese amor incondicional del que tanto nos habla y nos exhorta Jesús no será perfecto en la vida del “Príncipe Verde”, pero no se puede negar que Dios ha dejado una profunda huella en su testimonio para que otros conozcan el perdón y quizá algún día lo acepten. Ahora convertido en cristiano y traidor para el pueblo palestino y sus representantes más radicales, por lógica, éstos deberían ser para Mosab sus enemigos. Pero para Mosab no hay enemigos, o al menos intenta que no los haya. “Cuando pienso acerca de los musulmanes, pienso en mi familia. No voy a renunciar a ellos. Ellos me repudiaron, yo no voy a renegar de ellos”, dice. La última frase perfectamente la podría decir Jesús sobre nosotros.

Aquí, un pellizco de lo que significa para Mosab Hassan Yousef “amar a tus enemigos”:

Ama a tu enemigo

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. Estas palabras que Jesús pronunció y que tanto nos cuesta a los creyentes llevar a la práctica, fueron las palabras que Dios susurró a Mosab Hassan Yousef, hijo de uno de los fundadores de la organización terrorista Hamás en Cisjordania (Palestina), y que cambiaron su vida. He escogido esta historia como mi primera entrada por varios motivos, pero principalmente porque creo que se ajusta bastante bien al corazón del blog.

Hijo del jeque Sheikh Hassan Yousef, uno de los miembros fundacionales de la organización islámica y el entonces líder del movimiento en Cisjordania, Mosab empezó a participar activamente con Hamás desde su época estudiantil. Desde los 10 años había sido arrestado en varias ocasiones por la policía israelí, pero en 1996, a los 18 años, su ingreso en prisión fue mucho más significativo de lo que esperaba. Durante su estancia en la cárcel, el Shin Bet, algo así como el FBI de Israel, le propuso trabajar para ellos como infiltrado en Hamás. En una entrevista al diario israelí Haaretz, publicada también en El País, Mosab explicó que su verdadera intención al aceptar la oferta fue recoger información desde dentro del Shin Bet y así vengarse de ellos y de Israel por el daño que le habían hecho a él y a su padre. Después de aceptar, Mosab tuvo que permanecer año y medio más en la cárcel para no levantar sospechas entre los miembros de Hamás. Fue durante esos meses cuando descubrió la brutalidad con la que Hamás trataba a los suyos, ya que en la misma cárcel había un grupo numeroso de ellos que formaba una “especie de órgano de seguridad interna de Hamás para descubrir agentes israelíes” que torturaban cruelmente a personas de su mismo movimiento. Eso le dejo confuso sobre su propia organización y le planteó muchas preguntas acerca de a quién estaba sirviendo y a quién debía servir.

Tras un par de reuniones con el capitán del Shin Bet, ya después de salir de la cárcel, Mosab decidió colaborar verdaderamente con las fuerzas de seguridad israelíes. Salvar vidas se convirtió en su primera motivación, aunque eso significara traicionar a su propio padre. “Se llevaron a mi padre delante de mí, y le aseguro que no me fue nada fácil trabajar para ellos. Fue un cambio de opinión total”, confesó. Por ese entonces, sobre el año 1999, Mosab conoció “casualmente” (entiéndanse las comillas) a un misionero británico que le habló de Cristo.

Mosab Hassan Yousef tardó unos cinco años en aceptar totalmente a Jesús y su mensaje de salvación, pero tras estudiar sobre el cristianismo y otras religiones fuera del Islam acabó creyendo en Jesús como ‘la verdad, la luz y la vida’, bautizándose secretamente en Tel-Aviv en el año 2005. No obstante, las palabras “amad vuestros enemigos” las hizo suyas desde el primer momento que las leyó en el año 2000. El problema para Mosab fue que los que eran sus amigos, Hamás, se convirtieron de la noche a la mañana en sus enemigos. “Ya no me sentía capaz de definir quién era mi enemigo”, dijo en la entrevista a Haaretz. Ya no habían amigos ni enemigos para Mosab, su única prioridad era salvar vidas, de un bando o de otro, como cuando en 2002 insistió al Shin Bet para que no mataran a cinco terroristas suicidas de los que él había revelado su escondite, y lo consiguió. “Si lo hubiera hecho por dinero, ¿habría insistido en que no mataran a cinco terroristas suicidas?”, explicó. Mosab es también culpable de la detención de su propio padre al que, según él, con la detención le salvó la vida. El capitán entonces del Shin Bet, también opina así: “Si no hubiera sido por él, a su padre lo habrían matado ya diez veces”. Su traición le costó su relación con su padre y su familia, aunque ellos no supieran que les estaba salvando la vida.

(Continuará…)

El blog

Todo nació de una simple conversación en la carretera entre Marbella y Málaga. Yo y mi amiga, cristianos convencidos los dos, nos enzarzamos en una sana discusión sobre la fe y la religión con el hombre que conducía el coche. Entre las muchas cosas que nos dijo intentando desacreditar nuestros argumentos para creer en Dios, me quedé con uno en especial: “Si Dios existiese y  fuese todopoderoso, debería dar señales de vida para que nos lo creyésemos”. Lo que vino a decir es que si creemos en un Dios sobrenatural que creó la Tierra entera, deberíamos ver pasar cosas sobrenaturales a nuestro alrededor que indicasen la presencia de ese Dios vivo y no muerto, como decía Nietzsche. Sinceramente, este argumento me llama la atención no por su fuerza precisamente, sino por su debilidad. Sin embargo, este pensamiento está muy generalizado entre los no creyentes y a veces también entre los creyentes.

¿Crees que Dios está vivo en nuestros días o parece, más bien, que esté muerto? Es curioso cómo Jesús (Dios) les planteaba algo totalmente diferente a los que le preguntaban cuando dijo “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (Marcos 12:27), ¡Toma ya! Cuando Jesús habla de vivos y muertos se refiere a un nivel espiritual y de relación con Dios. Ante esta afirmación, resulta lógico que aquellos que no gozan de una fe y una relación personal con Dios piensen que Dios esté muerto o inactivo, ¡pero es que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos! Más que preguntarnos si Dios está vivo o muerto, parece que para Jesús la pregunta era “¿estamos nosotros, los humanos, muertos o vivos?”.  ¿Quién es el muerto ahora?

Este blog está construido con el propósito de reafirmar a los que están vivos, espiritualmente hablando, que Dios también lo está, y dar a los que creen que Dios está muerto un margen para la duda. Para ello me serviré del mayor argumento que puede haber al respecto, la vida misma de los que han visto a un Dios vivo trabajar, hablar y mostrarse en sus vidas de una manera que no pueden negar. Sus historias son las ramas que se mueven indicando la presencia de un viento invisible que las zarandea.